El contenido del blog comprende una serie de escritos sueltos, opiniones personales y demás notas que forman parte de la escritura como una necesidad humana y subjetiva.

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lunes, 21 de julio de 2014

La solidaridad


“(…) las depresiones son maldiciones.
(…)
te lastima y no perdona y en algún lugar te roba la cara,
la sonrisa, la esperanza, la fe en las personas”.
[Callejeros. Una nueva noche fría]


En la película La ciudad está tranquila (2000) de Robert Guédiguian hay una escena en el que un taxista (ex trabajador portuario) empieza a entonar la Internacional Comunista para  animar a su pasajera, a quien recogió cuando ésta había caído en desgracia (se encontraba en la calle prostituyéndose al “paso” para “salvar” a su hija). Cuando la recoge le da el dinero que necesitaba, y durante el trayecto del viaje menciona a modo de ironía reflexiva que “la lucha obrera, la solidaridad de clase” eran sólo eso, versos que ya nadie conoce. Y enseguida  entona parte de La Internacional:
“Obreros, campesinos, somos
nosotros el gran partido de los trabajadores
La tierra pertenece a quienes la trabajan
el holgazán irá a vivir fuera”.

La mujer desdichada por el apuro y la desazón de su familia, al escuchar la canción sólo atina a sonreír. No hay escena más cínica que la acción de aquel taxista. Por eso ¿es posible ser solidario en tiempos tan cínicos como el que se vive actualmente?

La solidaridad no sólo se circunscribe a un acto dadivoso, sino que implica el afecto de ayudar con autenticidad a quien ha caído en desgracia. Y, más aún, la solidaridad se convierte en un valor moral si quien lo ofrece no pide nada a cambio. Ya que algún día uno mismo puede necesitar de los demás, como general y eventualmente ocurre. Pero se dirá que ante la necesidad y las desgracias uno cuenta con la familia. El caso es que no todos pueden contar con la familia. Y ¿los amigos? No todos tienen muchos amigos, los amigos son contados y no se encuentran exentos de caer en alguna desgracia eventual.

La solidaridad humaniza al hombre porque permite que "la ley del más fuerte" no sea la norma que organice la sociedad. La sociedad no se reduce a un juego de pasiones desmedidas o a una tensión vesánica de fuerzas, ni mucho menos se circunscribe sólo al espacio familiar. Muchas veces el espacio familiar se convierte en una burbuja plástica en el que uno se acostumbra a vivir familiarmente encerrado sin conocer lo que sucede en el mundo, ya sea por la seguridad que uno encuentra o por la tensión y el vilo que padece uno cotidianamente. 

Nadie tiene la existencia asegurada, las desgracias son hechos contingentes y las depresiones asaltan y desesperan tanto que lo llevan a uno a una situación límite. La situación económica y laboral anima muchas de esas crisis emocionales y hacen posible la constante pérdida de la solidaridad entre las personas. Tal observación estaría demás si no fuera por esa egotista ideología individualista (generada por cierto liberalismo) que muchos reproducen cuando creen que uno puede bastarse por sí mismo. Al respecto es frecuente conocer personas que consideran que si uno está “jodido” (pasar por momentos aciagos) es porque quiere. Tal infantilismo individualista es palpable en muchas personas que uno frecuentemente conoce, ya sea en el trabajo, en los estudios o simplemente de manera casual.

Cuando uno pasa por necesidades (o ha vivido en función de muchas necesidades) frecuentemente tiende a ser solidario porque reconoce y siente la frialdad de la carestía. Ser solidario da algo de calor y afecto a la vida de los demás y de uno mismo. Es una manera de ser-para-el-mundo porque nos permite reproducir valores que hicieron posible la civilización y la cultura, históricamente hablando. 

Empero, actualmente es más fácil ser cínico, hecho tan patente en actitudes desfachatadas que pasan por ser coloquiales, así como en la manera de escribir y expresarse sobre el mundo y los demás.

Muchos dirán, como parte de la letra de una conocida canción, que “la gente es mala y no merece”. Frente a tal actitud, la solidaridad es necesaria, sobre todo si uno recuerda que vive en un país tan necesitado y tan anímicamente vulnerable como el Perú.

La solidaridad debería animar una utopía. La solidaridad de clase (entre los trabajadores) animó la utopía del socialismo.

Ser solidarios es una manera de reencontrar esa dimensión utópica.


Juan Archi Orihuela 
Lima, 21 de julio del 2014.