“(…) las
depresiones son maldiciones.
(…)
te
lastima y no perdona y en algún lugar te roba la cara,
la
sonrisa, la esperanza, la fe en las personas”.
[Callejeros.
Una nueva noche fría]
En la película La ciudad está tranquila (2000) de
Robert Guédiguian hay una escena en el que un taxista (ex trabajador portuario)
empieza a entonar la Internacional Comunista para animar a su pasajera, a quien recogió cuando
ésta había caído en desgracia (se encontraba en la calle prostituyéndose al
“paso” para “salvar” a su hija). Cuando la recoge le da el dinero que
necesitaba, y durante el trayecto del viaje menciona a modo de ironía reflexiva
que “la lucha obrera, la solidaridad de clase” eran sólo eso, versos que ya
nadie conoce. Y enseguida entona parte
de La Internacional:
“Obreros, campesinos, somos
nosotros el gran partido de los trabajadores
La tierra pertenece a quienes la trabajan
el holgazán irá a vivir fuera”.
La mujer desdichada
por el apuro y la desazón de su familia, al escuchar la canción sólo atina a
sonreír. No hay escena más cínica que la acción de aquel taxista. Por eso ¿es
posible ser solidario en tiempos tan cínicos como el que se vive actualmente?
La solidaridad no
sólo se circunscribe a un acto dadivoso, sino que implica el afecto de ayudar con
autenticidad a quien ha caído en desgracia. Y, más aún, la solidaridad se
convierte en un valor moral si quien lo ofrece no pide nada a cambio. Ya que
algún día uno mismo puede necesitar de los demás, como general y eventualmente
ocurre. Pero se dirá que ante la necesidad y las desgracias uno cuenta con la
familia. El caso es que no todos pueden contar con la familia. Y ¿los amigos?
No todos tienen muchos amigos, los amigos son contados y no se encuentran
exentos de caer en alguna desgracia eventual.
La solidaridad
humaniza al hombre porque permite que "la ley del más fuerte" no sea la norma que organice la sociedad. La sociedad no se reduce a un juego de pasiones desmedidas o a una tensión vesánica de fuerzas, ni mucho menos se circunscribe sólo al espacio familiar. Muchas veces el espacio familiar se convierte en una burbuja plástica en el que uno se
acostumbra a vivir familiarmente encerrado sin conocer lo que sucede en el mundo, ya sea por la seguridad que uno encuentra o por la tensión y el vilo que padece uno cotidianamente.
Nadie tiene la existencia asegurada, las desgracias son hechos contingentes y las depresiones asaltan y desesperan tanto que lo llevan a uno a una situación límite. La situación económica y laboral anima muchas de esas crisis emocionales y hacen posible la constante pérdida de la solidaridad entre las personas. Tal
observación estaría demás si no fuera por esa egotista ideología individualista
(generada por cierto liberalismo) que muchos reproducen cuando creen que uno
puede bastarse por sí mismo. Al respecto es frecuente conocer personas que
consideran que si uno está “jodido” (pasar por momentos aciagos) es porque
quiere. Tal infantilismo individualista es palpable en muchas personas que uno frecuentemente
conoce, ya sea en el trabajo, en los estudios o simplemente de manera casual.
Cuando uno pasa por
necesidades (o ha vivido en función de muchas necesidades) frecuentemente
tiende a ser solidario porque reconoce y siente la frialdad de la carestía. Ser
solidario da algo de calor y afecto a la vida de los demás y de uno mismo. Es una
manera de ser-para-el-mundo porque nos permite reproducir valores que hicieron
posible la civilización y la cultura, históricamente hablando.
Empero, actualmente
es más fácil ser cínico, hecho tan patente en actitudes desfachatadas que pasan
por ser coloquiales, así como en la manera de escribir y expresarse sobre el
mundo y los demás.
Muchos dirán, como
parte de la letra de una conocida canción, que “la gente es mala y no merece”.
Frente a tal actitud, la solidaridad es necesaria, sobre todo si uno recuerda
que vive en un país tan necesitado y tan anímicamente vulnerable como el Perú.
La solidaridad
debería animar una utopía. La solidaridad de clase (entre los trabajadores)
animó la utopía del socialismo.
Ser solidarios es
una manera de reencontrar esa dimensión utópica.
Juan Archi Orihuela
Lima, 21 de julio
del 2014.